Respondiendo comentarios… generosos por donde se los mire…
Hola a
todos.
Octubre… largo mes.
Imagino lo que un navegante oriundo de Génova debió sentir cuando
navegaba por aquellos mares que le parecían de fuego… por donde los europeos no
habían navegado nunca, luego serían llamados Trópicos, al punto de que los
marineros, le pusieron un tiempo límite para descubrir las tan ansiadas Indias…
o regresarían a España. Al menos es lo que nos contaron hasta el cansancio en
la escuela, la bendita tradición que con el avance de los descubrimientos históricos,
terminará cayendo algún día... o no.
Me contaron, mis padres, mis maestros, que el primer hombre en gritar: ¡Tierra! había sido un tal Rodrigo de Triana. Pasaron años hasta que me enteré que el mismo Colón, al que la tradición nos había pintado como un héroe, le negó el premio por haber sido el primero en gritar lo que esperaban desde hace meses y se quedó él con las monedas.
La historia oficial
tardó mucho tiempo en agregar esa anécdota a las páginas de los libros si es
que lo ha hecho...
Una
última pregunta: ¿Colón era genovés o no? Y es que como se habrán dado cuenta, me gustan las curiosidades y las historias... debilidad de escritor.
Volvamos
a lo nuestro.
En la
publicación de la semana pasada hablé de uno de los discursos que los
escritores suelen dar al recibir el premio. José Saramago había mencionado a
sus abuelos… y eso me emocionó en su momento y aún lo sigue haciendo… Una
habitual comentarista de mis humildes publicaciones me comentó que quería
leerlo…
Investigando
descubrí que lo que yo conocía es solo un fragmento; el discurso completo es
mucho más largo.
«El hombre más sabio que he
conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la
madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia,
se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena
de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer.
Vivían de
esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del
desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la
provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos
abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la
noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro
de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los
llevaban a su cama.
Debajo de
las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una
muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma
compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin
sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la
naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de
lo que es indispensable.
Ayudé
muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas
veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas
veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la
bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas
veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también
de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los
rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado.
Y algunas
veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía:
«José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera». Había otras dos
higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua,
por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera.
Más o
menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría
conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre
las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente,
se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río
corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la
Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea.
Mientras
el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi
abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares,
muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un
incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente
me acunaba.
Nunca supe
si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando
para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía
en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato:
«¿Y después?».
Tal vez
repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para
enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de
todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo
era señor de toda la ciencia del mundo.
Cuando,
con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya
no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir.
Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve
siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el
pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban
las pocilgas, al lado de la casa.
Mi abuela,
ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con
trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal
sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: «No
hagas caso, en sueños no hay firmeza».
Pensaba
entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba
las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto
José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos
palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y
yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía
en los sueños.
Otra cosa
no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre
casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de
encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: «El mundo es tan bonito y yo
tengo tanta pena de morir». No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si
la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel
momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última
despedida, el consuelo de la belleza revelada.
Estaba
sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el
mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus
propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era
bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias,
que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de
su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería
a ver.»
Un
hombre ganando uno de los más grandes premios del mundo intelectual recordando a
sus abuelos analfabetos… ¿Cómo no emocionarse hasta las lágrimas?
Ah: como
una última curiosidad… La segunda esposa de Saramago Pilar, fue su traductora al
castellano de toda su obra. Ahora, ella preside la fundación Saramago. Pero esa
es… otra historia… una gran historia de amor digna de una novela... Y si no, miren esta foto cuando él le besa la mano, a la usanza de los verdaderos caballeros con las damas...
Y eso ha sido todo por hoy. Si esta
publicación les gustó… los espero Dios mediante la próxima semana. Y por favor…
¡Nunca dejen de leer!
GRACIAS AMIGO, MARAVILLOSA HISTORIA...
ResponderEliminarGracias por leer y comentar. Bendiciones.
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